Cotopaxi by Frederic Edwin Church, 1862. Así como la gente que crece junto al mar lleva consigo el sonido de las olas, el olor a sal en el aire, el abrigo de la arena tibia en la piel; quienes crecimos junto al volcán llevamos con nosotros el tremor de la tierra, el calor de la lava, y el helar de las mañanas, algo así como un amor sublime, inefable, por ese inmenso macizo de perfecto cono. Llevamos también y muy adentro, un terrible temor de fuego y de ceniza, y anhelamos con todo deseo y devoción que no despierte. Lo queremos quieto manso, hermoso. Sabemos que si despierta nos encontrará desnudos, vulnerables, y aterrados como niños que ven lanzarse sobre ellos al monstruo de sus pesadillas. Imponente imagen que la veía diariamente desde mi ventana, desde la terraza de la escuela o desde cualquier punto de la ciudad. Su belleza ya forma parte de mi paisaje interior. Siempre imponente el guardián, el coloso, el Taita, el Cotopaxi, nuestro Cuello de Luna, s...