Sobre Rosalía. Por Anne Carson Tengo resaca de Rosalía. Los veinte mil fans de Chicago emprendimos una jornada titánica para llegar hasta ella. Pavoneándose, sonriendo, con esos rasgos inconfundibles en la mirada, Rosalía envolvía los gritos del público en una especie de capa mágica y los transformaba —entre los pliegues de la tela— en conejos o en un jarrón de tulipanes. Las crinolinas blancas. Los gritos. Había tanto que asimilar. Con cada inhalación suya, el público entero gritaba como si ella les recorriera la columna vertebral con la uña, uno por uno. Esa voz es capaz de todo. Y su personaje se despliega hasta abarcarla por completo. Imagina seducir así a veinte mil personas cada noche, durante una gira por quién sabe cuántas ciudades. Yo no podría. Dicen que el flamenco fue su primera pasión. Estudió en el Taller de Músics de Barcelona y, más tarde, en la Escola Superior de Música de Catalunya, antes de crear canciones pop sorprendentes que combinan la oscuridad del flamenc...
Mama Negra, la Santísima Tragedia lleva máscara. La Mama Negra no se pinta la cara, usa máscara. La máscara da paso a la fiesta. Máscara gruesa, fea, trágica, de áspera madera. La fiesta pertenece al pueblo, a las vendedoras del mercado, a los compadres y las comadres. Quien se viste de la Mama Negra no tiene que ser visto, no tiene por qué ser visto. Dejarse ver es un acto vanidoso, es borrar la esencia de la fiesta. La fiesta es alegría y devoción, es un acto místico y mágico que se entrega a la Virgen de las Mercedes cada 24 de septiembre. Las otras Mama Negras, las de la gente “blanca”, no usan máscara; se pintan la cara de negro y colorete, ya que eso no borra, no oculta el rostro que debe ser visto, que tiene que ser visto. Entonces la fiesta ya no es del pueblo, pero sí de personajes con rostro, con bandera política, con urgencias personales. Parodia de sí misma que cada año intenta desplazar el espíritu de una fiesta sagrada.. .. el Angel de la Estrella ya...