Las bacantes se toman los patios del Victoria Vazconez Cuvi.
Crónica de un tiempo en mi colegio, ya desaparecido.
Acto I
La tragedia de Eurípides: las bacantes.
Dionisio regresa a Tebas. No vuelve como dios coronado, sino como extranjero. Trae consigo el vino, el
éxtasis, la música y esa peligrosa promesa que el poder siempre teme: la libertad interior.
Penteo, joven rey de orden férreo y mirada vertical, lo rechaza. No reconoce su divinidad. Para él, Dionisio no es un dios sino una amenaza: desestabiliza, convoca, despierta. Su culto reúne a las mujeres de Tebas, que abandonan los telares y el encierro doméstico para subir al monte Citerón. Allí cantan. Allí danzan. Allí respiran.
Penteo no escucha. No pregunta. No dialoga.
Prohíbe.
Pero el deseo de libertad, cuando ha sido pronunciado, ya no retrocede.
Dionisio lo persuade de espiar a las bacantes. Lo disfraza de mujer. El rey acepta, creyéndose estratega cuando en realidad ya es víctima.
En el monte, en medio del trance, las mujeres lo confunden con una fiera. Lo rodean. Lo desgarran. La primera en alzar el brazo es Agave, su madre.
Cuando el frenesí se disipa y la sangre se enfría, Tebas despierta al horror. La tragedia no es el triunfo de la rebeldía: es el precio del poder que se niega a escuchar. El orden que se impone por la fuerza termina devorándose a sí mismo.
Después del duelo, queda la reconstrucción.
Acto II
El fuego interior
Muchos siglos después, en una pequeña ciudad andina, el monte Citerón tenía patios de cemento, jardines austeros y pasillos vigilados.
El colegio era un territorio delimitado por normas invisibles. Las inspectoras, ojos de águila y pasos silenciosos, aparecían al menor estallido de una risa demasiado libre. Bastaba una carcajada prolongada o un gesto de irreverencia para que el corsé del “buen comportamiento” se ajustara otra vez sobre nuestros cuerpos adolescentes.
El poder habitaba el rectorado.
No escuchaba. No dialogaba. Prohibía.
Pero 1982 ardía.
En la radio sonaban himnos de combate disfrazados de canciones: guitarras eléctricas, voces que hablaban de supervivencia y desafío. Madonna, Joan Jett, The Doors, Alaska y Dinarama.. Afuera, el mundo discutía guerras, dictaduras, islas remotas disputadas por imperios. Adentro, nosotras comenzábamos a descubrir que la libertad no era una abstracción filosófica, sino una necesidad física.
Yo era presidenta de mi clase. Venía de una escuela donde el racismo y el clasismo eran disciplina cotidiana. En el Victoria Vásconez encontré algo distinto: complicidad, inteligencia, una sororidad todavía sin nombre. Nos llamaban “chivas”. No sabíamos que también éramos "bacantes".
Las mayores eran nuestras hermanas tutelares. Nunca antes me sentí tan protegida fuera de casa. Ellas no guiaban en la complicidad y la ternura.
A los quince años, el mundo dejó de ser paisaje y se convirtió en pregunta. Las clases de Ciencias Sociales me abrieron grietas luminosas. La filosofía comenzó a enseñarnos que pensar era un acto de insubordinación.
El fuego no se encendió de golpe.
Fue una brasa lenta.
Acto III
El Comité
El deseo tomó forma: un Comité Estudiantil elegido democráticamente.
Nada más sencillo.
Nada más peligroso.
La respuesta fue inmediata: no.
El colegio tenía dirección, y la dirección no era negociable.
En reuniones clandestinas, en salas prestadas, voces bajas, planes trazados sobre cuadernos escolares, organizamos la recolección de firmas. Presidentas, vicepresidentas, tesoreras y vocales recorrimos los patios durante los recreos con el corazon agitado.
Algunos profesores nos observaban con una mezcla de orgullo y preocupación. Sabían que el poder rara vez cede por cortesía.
Intermezzo
Sócrates en Latacunga
El Licenciado Hugo Cajas, mi profe de Filosofia, Logica y Etica, no levantaba la voz. Levantaba preguntas. El método socrático del diálogo reflexivo estructuraba nuestros diálogos.
-¿Cree usted que está haciendo lo correcto, señorita Aguirre?
Su método no ofrecía respuestas; ofrecía espejos. Nos obligaba a recorrer el pensamiento hasta el final, incluso cuando dolía. Mientras el mundo hablaba de guerras fronterizas y conflictos en el Atlántico Sur, aprendíamos a desarmar argumentos, a comprender intereses, a distinguir poder de justicia.
Nos enseñó algo más radical que la rebeldía: nos enseñó a pensar.
Salí de su oficina sin consignas, pero con convicción.
Acto IV
Huelga
El estallido no fue furia; fue decisión.
Día uno.
Cerramos las puertas con nuestros propios candados. Informamos que no abriríamos hasta ser escuchadas por el Ministerio de Educación. Llevábamos comida, cobijas, agua. Incluso para quienes considerábamos adversarias. La dignidad no necesitaba crueldad.
Día dos.
Llegaron los padres. Llegaron los estudiantes de otros colegios. Llegó la policía. Desde afuera, guitarras y voces nos acompañaban en la vigilia nocturna. Desde adentro, cantábamos para no ceder al miedo.
Dormimos en el suelo, abrazadas contra el frío.
Día tres.
Papeles que iban y venían por una pequeña ventana. Abogados improvisados, nuestros propios padres, sostenían el argumento legal. El delegado insistía. Nosotras resistíamos.
“¿Qué sabíamos de huelgas?”, podría preguntarse alguien.
Aprendíamos mientras las hacíamos.
Cuando finalmente llegó la noticia de que la rectora sería removida, no hubo gritos desbordados. Hubo una exhalación colectiva. Una certeza: habíamos sido escuchadas.
Acto V
El nuevo orden
Volvimos después del receso con los uniformes impecables y una alegría indisimulable.
En el balcón del segundo piso apareció el nuevo rector: el Licen Hugo Cajas.
Sonreía.
El colegio era el mismo.
Los pasillos eran los mismos.
Pero el aire había cambiado.
No habíamos destruido Tebas.
La habíamos transformado.
La verdadera tragedia
Décadas después, supe que el Victoria Vásconez Cuvi había cerrado sus puertas. No por rebeldía juvenil ni por exceso de libertad, sino por desidia estatal y erosión institucional.
Un colegio fundado bajo la inspiración de Victoria Vásconez, intelectual latacungueña que defendió la educación femenina cuando hacerlo era casi un acto herético.
Pensé entonces en Penteo. En Dionisio. En nosotras.
La tragedia no siempre es el exceso de libertad.
A veces es el abandono.
Sin embargo, lo que aprendimos no fue clausurado con esos muros. La educación verdadera no habita edificios; habita memorias, decisiones y actos de coraje.
Y cada vez que una joven alza la voz para ser escuchada, las bacantes regresan al monte.
Hasta la "Victoria", siempre.
Betty Aguirre-Maier
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