Las bacantes se toman los patios del Victoria Vazconez Cuvi.
Homenaje a mi colegio, ya desaparecido.
ACTO I. La tragedia de Eurípides: las Bacantes.
Dionisio, dios del vino, del éxtasis y de la libertad interior, regresa a Tebas, la ciudad donde nació. Pero el rey Penteo, joven rígido y autoritario, niega su divinidad. Para el rey, Dionisio es una amenaza al orden, especialmente porque su culto convoca a mujeres que abandonan el encierro doméstico y se reúnen en el monte Citerón. Penteo, no escucha, no dialoga. Prohíbe. Mientras tanto las mujeres de Tebas, se han convertido en “bacantes”. Buscan respirar, cantar, moverse libres del control constante; lo cual para el poder es intolerable. Dionisio convence a Penteo de espiar a las bacantes y para ello lo disfraza de mujer. El rey acepta. En el monte, las bacantes lo confunden con una bestia. En trance, las bacantes lo despedazan; pero quien lidera el acto es Agave, su propia madre. Cuando el éxtasis se disipa y Agave reconoce lo que ha hecho, la tragedia se ha consumado.Todo es ruina, silencio y duelo. La tragedia no es una rebelión que triunfa es un acto de resistencia ante el poder que niega la voz, el cuerpo y la dignidad de los otros y, que termina destruyéndose a sí mismo. Lo que sigue a la tragedia es la reconstrucción de Tebas, un nuevo sistema, más amplio y democraatico.
ACTO II. El fuego interior.
Los patios del colegio, sus pasillos, jardines y rincones eran espacios de estudio, juegos, risas, conversaciones y secretos al oído. Los ojos de aguila de las inspectora nos vigilaban constantemente, y al primer grito de efusividad o acto de travesura, sus rostros de mil muecas nos devolvian al apretado corsé del “buen comportamiento”. El poder, como en la tragedia de Penteo, estaba sentado en el rectorado; no escuchaba, no dialogaba, solamente prohibía. Nuestra edad de la inocencia se alimentaba del fuego interior que lentamente nos despertaba a la libertad. Algunos de los profesores no eran ajenos a nuestros reclamos de ser escuchadas y que se nos diera espacio para dialogar, proponer y crear. La edad de la inocencia es también la edad de la rebeldía, así que llevadas, por la frustración, decidimos alzar nuestras voces y ofrecer el corazón. Era 1982 y en la radio sonaba, "Eye of the Tiger" de Survivor, "I Love Rock 'n Roll" de Joan Jett & the Blackhearts, "Ebony and Ivory" de Paul McCartney y Stevie Wonder, música de Mecano, Alaska y Dinarama y otros temas que nos llamaban a despertar y descubrir. En mi habitación, escuchaba, leia, pensaba y escribia: Madonna, The Doors, Marcel Proust, Milan Kundera, Garcia Marquez y muchos mas. En el colegio yo era la presidenta de mi clase y vivía con alegría mis días en el Victoria Vasconez luego de una tortuosa experiencia en una escuela de monjas en la que racismo y clasismo era la norma. En el Victoria era diferente, quizá por eso nos llamaban “chivas”, o lo que en los días de Eurípides eran las “bacantes”. A pesar del rigido control de la rectora, nuestro espiritu era indomable. Las alumnas de los grados avanzados eran para nosotras, las más pequeñas, nuestras hermanas mayores. Nunca antes me sentí tan protegida fuera de casa. Después de los dos primeros años, al llegar a cuarto curso, a mis quince años, mi mundo cambió, mis prioridades y deseos cambiaron. Mis clases de Ciencias Sociales alimentaron mi espíritu y mis días se iluminaron aún más. Los estudios y la amistad empezaron a tomar otro matiz, el de la responsabilidad, de la curiosidad, de la feminidad y empecé a verme como individuo. Mis profesores y su sabiduria ensancharon mi mente y mis deseos de aprender. El Mundo no era perfecto, pero era nuestro Mundo. A tood ello se sumó un evento casi imposible en esos años y que determinó el resto de mi vida.
ACTO III.
Clamor. Dionisio enciende el fuego.
El Victoria Vasconez Cuvi no fue solamente el espacio de aprendizaje, fue también el lugar de los sueños, las luchas,los encuentros y desencuentros. Al entrar ahí, dejábamos la piel de la infancia para vestirnos de señoritas, seres humanos en busca y construcción de nuestra propia identidad. Al pasar del nivel básico al superior, me encontré con un universo de luces y de sombras que no había percibido en los dos primeros años. Nos regulaba un sistema de poder que nos apartaba de acciones y decisiones fundamentales en esa edad. Queríamos ser, además de alumnas, una comunidad que cada día construía, compartía y crecía y se proyectaba a un futuro que no demoraba en llegar. Pero en la mente de la rectora del colegio esto era imposible. Era un ser distante, frío, incapaz de empatizar o dialogar. Y nosotras, las estudiantes, habíamos decidido que eso tenía que cambiar. En reuniones clandestinas, decidimos formar el Comité Estudiantil. Nos reunimos las presidentas y los comités de cada clase y le llevamos la propuesta. Apenas terminamos de exponer, la rectora nos hizo saber que dentro del colegio, nuestras aspiraciones democráticas no eran bienvenidas. Nos dijo de forma contundente, que el colegio lo dirigía ella y que debíamos obedecer sus órdenes. No era necesario que explotaramos como fuegos artificiales de rabia ante la negativa; nuestro fuego interior se había encendido de manera natural y estábamos listas para iniciar la revuelta. Clandestinamente, en pequeñas conversaciones en los recreos, en los pasillos o fuera del colegio, iniciamos lo que sería en pocas semanas, una huelga.
Para no dejar dudas de que estábamos en nuestro derecho de pedir se nos permitiera formar el Comité Estudiantil de forma democrática, regresamos al rectorado días después y pusimos sobre el sobrio escritorio, todos los argumentos necesarios para que se nos diera luz verde. Pero, nuevamente, la rectora, nos miró fijamente y cortó toda conversación, echándonos con desprecio del rectorado. Salimos de ahí humilladas y en silencio y fuimos a las gradas frente al bar. Nos sentamos sin saber como empezar, hasta que nuestra líder, una belleza blanca de hermoso cabello negro, la Moni, pronunció unas palabras de aliento: “nos tomaremos el colegio”. Aunque no esperábamos esa respuesta de la rectora, tan tajante, ya nos habíamos anticipado y desarrollado el plan B: recoger firmas de todas las estudiantes del colegio para presentarnos nuevamente en el rectorado. Al día siguiente seguimos con lo acordado: en el recreo, cada una de nosotras, incluidas presidentas, vicepresidentas, tesoreras y vocales, recogeriamos las firmas. Varios profesores nos dieron consejos y nos pidieron que tuviéramos cuidado. Ellos, con más experiencia, sabían a los que nos enfrentábamos.
INTERMEZZO
El método socrático del diálogo reflexivo.
Uno de mis profesores más queridos fue el Licenciado Hugo Cajas, mi profesor de Filosofía, Lógica y Ética, a quien siempre recurría cuando tenía inquietudes que iban más allá de los temas de la clase. Desde el inicio de este proceso de reclamo y resistencia en el que nos habíamos embarcado, “el Licen Cajas” como le decíamos, estaba al tanto de lo que sus estudiantes aspiraban a lograr. Fui a verlo y la primera pregunta que le hice fue si él pensaba que lo que estábamos haciendo era lo correcto. Cajas era un apasionado seguidor de Sócrates y en nuestras clases siempre aplicaba, con bondad y paciencia, el método socrático del diálogo reflexivo. Alto, algo canoso, vestido con sus impecables trajes, generalmente marrones, e iluminado con sonrisa amable, se sentaba al filo de su escritorio y desde ahí nos preguntaba que nos inquietaba en ese dia. Siempre teníamos preguntas o novedades sobre esto o aquello. Inquietas como éramos, lanzábamos pregunta tras pregunta, hasta que lográbamos despejar nuestras propias dudas. El mundo nos interpelaba, y nosotras, habitantes de esta pequeña ciudad andina, dejábamos atrás la Guerra de Paquisha, la muerte de Jaime Roldos Aguilera y asistíamos al conflicto de las islas Malvinas. - “Licen Cajas, por qué los británicos quieren tomarse unas lejanas y pequeñas islas?”- Cajas me devolvía la misma pregunta -” Cuáles cree usted, señorita Aguirre, que son las razones para que los británicos….?"-. Entonces pensabamos en eventos históricos, en la geografía, en los recursos de esas islas que Cajas escribia sobre la pizarra: fechas, lugares, numeros. Y asi, continuabamos por largos minutos. Poco a poco, y en cada clase, Cajas nos ayudaba a aclarar los caminos, nos enseñaba a pensar, a discernir. Sembró el amor por la Filosofia en muchas de nosotras. Pero, ahora, en este momento de oscura incertidumbre, más que nunca, lo necesitábamos. La campana por el cambio de hora nos sacó de ese sentimiento pesado de frustración. Nos levantamos de las gradas y fui a buscarlo y le pregunté, nuevamente, si estaba bien lo que estábamos haciendo: “Srta. Aguirre, ¿Cree usted que se está haciendo lo correcto?, y a mi respuesta vinieron más preguntas y más respuestas. Finalmente, concluí que lo que estábamos haciendo era el camino correcto; que teníamos derecho a tener una voz y una presencia en los espacios del colegio. Salí de su oficina con la tranquilidad que da la razón y me encamine a la recolección de firmas. Lo que no imaginaba, ni mi profesor de Filosofía, Lógica y Ética, es que un par de semanas después, él sería designado como nuestro nuevo Rector.
ACTO IV
Las bacantes devoran a Penteo.
En el patio grande había un gran alboroto; estudiantes que corrían de un lado para el otro, profesores intentando calmar los ánimos. Vi a una de mis compañeras sentada en una de las gradas que daban al patio, llorando y enojada. Me dirigía hacia ella cuando sentí unas manos que me tomaron del brazo derecho e intentaron llevarme. Era una de las tres inspectoras a las que llamábamos “cancerberas”. Tenían como objetivo arrancarnos de las manos los cuadernos y evitar que recogieramos las firmas. Logré soltarme y correr hasta el salón de clases. Prendieron la sirena de emergencia y todo se paralizó. Por el altavoz nos ordenaron salir al patio y formarnos en filas y por grados. Desde lo alto del segundo piso, la rectora con sus oscuros lentes y rodeada de sus inspectoras nos dio un sermón de largos minutos, dejando en claro que si esto se volvía a repetir seríamos expulsadas del colegio. Luego, las presidentas fuimos llamadas una por una al rectorado para recibir la reprimenda y la amenaza de forma directa. Cajas y Mariana Saanchez, mi profesora de Literatura, me encontraron camino al rectorado: -”Ánimo Srta. Aguirre, ánimo que no está sola”-. Esas palabras bastaron para que mis oídos se cerrarán al entrar y salir de esa especie de corte marcial y mantuviera mi cara en alto.
Reunidas en la clandestinidad, en la sala de la casa de la rubia más bella del cole, y después de habernos asegurado que todas las estudiantes seguirán apoyando la causa, tomamos una decisión: iríamos a la huelga.
Dia 1. Coraje.
A la mañana siguiente, apenas entramos al edificio pusimos nuestros propios candados en la puerta principal, así como en la del rectorado y en la oficina de las inspectoras con ellas adentro. Pedimos a los profesores que se reuniesen todos junto al pequeño jardín de la entrada y ahí les informamos de que iniciabamos la huelga y estaríamos ahí hasta ser escuchadas por el delegado del Ministerio de Educación. Y que por favor se marcharan. Hicimos lo mismo con el conserje y las secretarías. Nos despedimos y nos quedamos solas. Organizadas como estábamos, habíamos llevado comida para ese día y teníamos aliados, entre ellos padres y hermanos, o novios, que traerian todo lo necesario para resistir el hambre, el frío y el sueño. Como no podía ser de otra manera, también llevamos comida y agua al enemigo, así como el pliego de peticiones que debía firmar si quería seguir siendo rectora. Pero se negó.
Dia 2. Tebas se levanta.
Dormimos como pudimos, con pocas cobijas y en el suelo, pegadas unas a otras para soportar el frío. Por la ventanas llegaron los termos con café y chocolate y pan recién horneado. Y también llegó el delegado del Ministerio que nos esperaba en la entrada principal. Fuimos hasta allá y nos exigió que abrieramos la puerta y que quitamos todos los candados y dejamos salir a la rectora y a sus inspectoras. Como lo habíamos planeado, ella había informado ya de todo lo que estaba sucediendo. Acto seguido, cortamos el cable de los teléfonos. Y le informamos al delegado que queríamos otro u otra rectora aprobada por nosotras. En lo posible que fuera uno de los profesores o profesoras del colegio. Nos indicó que teníamos dos horas para abrir las puertas o llamarían a la policía para hacerlo. Entonces sucedió lo que no esperábamos, “la madre de Peteon” apareció en escena: nuestros padres y los alumnos de otros colegios y se plantaron afuera para exigir que el delegado diera paso a nuestra petición. Decidimos dejar salir a una de las inspectoras, ya que sufría de alguna enfermedad y requeria de medicamentos. A los pocos minutos llegó el delegado con un grupo de policías demandando que abrieramos la puerta. Ni lo recibimos ni lo escuchamos. En la noche cantamos casi una hora acompañadas por las guitarras y cantantes que hacían vigilia afuera de los muros, eran nuestros hermanos, amigos y novios, quienes además nos hacían llegar botellas o termos con canelazo para el frio.
Dia 3. Victoria.
Nos despertamos con dolor de huesos, hambrientas y muchas con los ánimos bajos. Nuevamente, desayunamos, nos limpiamos un poco y esperamos a que llegara el delegado del Ministerio. Esta vez llegó con más policía y oficiales del Ministerio de Educación. Lo que ellos no sabían es que estábamos asesoradas por varios abogados que además eran nuestros padres. A través de una pequeña ventana en una de las grandes puertas negras de la entrada, papeles iban y venían, sin la firma que el delegado esperaba. Adentro, nosotras, las chivas, coreabamos canciones de rebeldía, “El pueblo unido jamás será vencido.”. Que sabíamos nosotras de protestas y más aún de huelgas?, lo estábamos aprendiendo y lo estábamos haciendo bien. El delegado se marchó y al ver su rostro supimos que estábamos cerca de lograr nuestras peticiones
Al poco tiempo, mi padre vino a buscarme porque viajabamos a Cuenca. Contra mi voluntad, me despedí de mis compañeras entre abrazos y deseos de que todo saliera bien y que pronto esto acabaría. Les dejé mis cobijas y lo que tenía de comida y de forma sigilosa salí por una puerta trasera que nunca se habría, pero que lo hicimos para que algunas de nosotras pudiéramos salir. Durante el viaje no pude pensar en otra cosa que en mis compañeras; las extrañaba. Las horas se hicieron eternas y solo anhelaba llegar a Cuenca para hacer una llamada y enterarme del estado de la huelga. Llegamos muy tarde en la noche y casi sin saludar a mi abuela y tíos, entré disparada a hacer esa llamada. Me respondió la madre de Mercedes: “Betty, ya todo terminó y tendrán un nuevo rector.”. Cerré el teléfono con tanta alegría y fuerza que casi parto en dos el auricular. Al día siguiente entramos en vacaciones y yo pase colgada al teléfono enterandome de las novedades. Finalmente, el delegado había llegado con la promesa y documentos de que la rectora sería removida y que al regreso de esa semana de vacaciones tendríamos un nuevo o nueva rectora.
ACTO V
Tebas, el nuevo orden.
Llegue al colegio muy temprano. Todas lucimos nuestros mejores peinados y los uniformes limpios y bien planchados. Nos saludamos con abrazos y besos y una intensa alegría. Ya en el recreo celebramos el triunfo. Nos formamos en el patio y ahí, en lo alto en el balcón del segundo piso, estaba nuestro flamante rector, el Licen Hugo Cajas. Lo iluminaba con una gran sonrisa. A su lado estaban los profesores y las nuevas inspectoras. Nos dio un saludo y un discurso que no duró más de cinco minutos. Era el mismo colegio, los míos pasillo, patios, jardines y aulas, pero respirábamos otro aire.
La verdadera tragedia.
Han pasado algunas décadas desde mi graduación y en las redes sociales aparece la noticia de que el Victoria Vasconez Cuvi ya no existe. Que la desidia estatal, la mediocridad del sistema educativo y la falta de compromiso de la comunidad ha destruido ese espacio que por muchos años educó a miles de jóvenes mujeres. Un colegio de casi un siglo que fue creado bajo la influencia de la figura de Victoria Vasconez, intelectual latacungueña, escritora, poeta, deportista y conferencista. De fuerte personalidad, fue educada por excelentes maestros, entre ellos el también célebre latacungueño, Juan Abel Echeverria. Vivió entre 1891 y 1938, cuando el país sufria grandes cambios sociales y políticos, y cuyo objetivo personal fue la educación de las mujeres, su derecho al voto y a un lugar en el espacio público. Hasta la "Victoria" siempre!
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