Ir al contenido principal

Taitas y mamas: ellos y nosotros. Crecer en el racismo.

  • Taitas y mamas: ellos y nosotros. Crecer en el racismo.


Mi infancia transcurrió entre el asombro del mundo y las mil preguntas. Entre ellas, ¿Por qué otros niños y niñas no tenían lo que yo tengo?, ¿Por qué hay niños sin zapatos y llevan ropa vieja?, ¿Por qué hay niños sirvientes? ¿Por qué les llaman indios, longos? Poco a poco me fui dando cuenta de que esos niños tenían otro color de piel, eran morenos o negros. Eran pobres. Ellos eran otros. Miro las fotos de la familia y ninguna de las empleadas que tuvimos, todas indígenas o mestizas, están en ellas; a excepción de una: Luzmila, quien fue nuestra niñera cuando apenas empezábamos a hablar y a caminar. En la imagen, ella muy jovencita, me carga en uno de sus brazos y con la otra mano abraza a mi hermano. No hay rastro fotográfico de la Miche, de la Digna, de la Filomena, de la Rosita, de tantas otras. Pero en mis recuerdos si lo están en el olor a yerbas dulces, a jardín, a canción de cuna, a trenzas, a chalina y pollera. Ellas fueron mis madres, mis protectoras y mis maestras. En mis primeros años, la felicidad se resumía en estar entre ellas, en la cocina, en la huerta o en el patio. O a veces, junto a ellas, mi madre, mis tías y mis abuelas, siempre ocupadas en las tareas cotidianas; pelando choclos para hacer humitas, o chumales como decimos en el sur; amasando torres de harina y huevos para hacer el pan, o rezando un eterno rosario. Ahí, en esos cálidos círculos estaba el paraíso, entre mujeres que reían y que lloraban, que se acompañaban. 



En vacaciones, viajábamos a Cuenca y mi felicidad iniciaba con el abrazo de mis abuelas, seguido por el de Rosita y el de Aurelia, quienes me envolvían con sus delantales y sus amorosos brazos. Su cariño era auténtico y generoso. Y con ellas, despertaban de nuevo más preguntas: ¿Por qué ellas no se sientan en la mesa con nosotros? ¿Por qué duermen en unos cuartos tan pequeños, con apenas lo necesario? ¿Por qué no tienen ropa como la nuestra? ¿Por qué nos llaman “niños”, aun a mis padres que ya no son niños? Aparentemente, todo aquello era normal; así era el mundo y nadie lo cuestionaba. Pero yo, aunque pequeña y sin voz, me resistía a aceptarlo. No podía expresar lo que sentía, no tenía palabras suficientes; pero algo me decía que todo aquello no era normal. No era normal ir al mercado con mi madre, la Miche y la Digna, quienes cargaban los canastos, y escuchar a la gente blanca, a la gente “bien”, tutear con desprecio a las vendedoras indígenas, mientras que ellas les llamaban “patronas”; no era normal. Ver a hombres indígenas, muchos ancianos ya, descalzos y en andrajos, cargando los canastos de compras, los pesados costales llenos de papas, doblados y sudorosos por el esfuerzo, atravesar la plaza y descargarlos por una moneda, no era normal. Eso me hería, me indignaba. Un día dejé de ir al mercado, no quise hacerlo más, así mi madre me prometiera comprarme una espumilla donde la María. 



No era normal ir a una escuela de monjas en las que todo funcionaba como un sistema de apartheid. En el aula, nos sentaban en este orden: las niñas blancas de “buen apellido", adelante; las mestizas al medio, y las indígenas, que además eran muy pocas, atrás. En otras escuelas y colegios con numeroso alumnado, separaban a los niños y adolescentes por aulas. En unas colocaban a los niños “bien” y en otras a los “otros". Nunca olvidaré una mañana en que una de las monjas profesoras, la madre Claudia, le rompió la nariz a Nelly Singaucho. Estaba en tercer grado y ese día perdí la inocencia por completo. 



Nelly pasó a la pizarra para resolver un problema de matemáticas y no pudo hacerlo. La monja le gritaba desde atrás que todo estaba mal, que escribiera o dijera “cuanto era esto más esto y dividido por esto”. Y Nelly, paralizada por el miedo, no decía nada. Podía ver desde mi pupitre como le caían las lágrimas. Le temblaban las piernas... y finalmente se orinó. La monja voló hacia ella como un demonio, le tomó de sus trenzas y le golpeó varias veces contra la pizarra: le rompió la nariz y la echó de la clase. Paralizada, sintiendo mis lagrimas caer en cascada, pero en silencio, vi en segundos el odio, el racismo y la crueldad infligido a un ser humano indefenso. Fue la primera vez que sentí el terror viajar por mi cuerpo y desembocar en rabia. 



Llegué a casa después de la escuela y le conté a mis padres lo que había pasado. Les pedí que me llevaran a otra  escuela. Me llené de tanto miedo que me rehusaba a levantarme por las mañanas. Pero la Miche se encargaba de calmarme y de llevarme a la escuela. Me aseguraba que todo estaría bien: “A usted no le van a pegar, niña Betty, usted es blanquita”, me dijo y me dejó en la puerta de la escuela. Esa misma frase me la repitió una mujer salvadoreña de piel oscura, a quien conocí cuando apenas había llegado a EE. UU. Era la primera vez que subía a un autobús. Ella y yo conversamos durante casi quince minutos en los que me contó algo de su vida y del racismo que experimentaba cada día. Y al bajarse en la parada, me dijo exactamente lo mismo: “usted estará bien, no se preocupe, usted es blanca”. Lo que ella no me dijo es que el racismo, a veces no es tan brutal ni frontal, no es solamente un asunto de piel, sino también de idioma y de nacionalidad. 



El resto de los años que estuve en la escuela primaria descubrí más y más injusticias. No obstante, no pasaba solamente en la escuela, sino también en el mundo que me rodeaba. Vivía en una sociedad construida sobre un sistema racista y clasista que era más notorio en el campo. Tenía 12 años cuando acompañé a mi padre a una audiencia judicial, en una pequeña comunidad en los páramos de Zumbahua; un lugar frío y lejano al que había llegado un codicioso terrateniente. Este con sus sirvientes se iba apropiando por la fuerza de terrenos comunales. Los expulsaba con violencia a los indígenas de sus tierras y los lanzaba a la mendicidad. Mi padre, sin saberlo, me iba contagiando del sentido de justicia, y ese día tuve mi mejor lección. Después de horas de conducir entre caminos vecinales de tierra y lodo, llegamos a una comunidad de una docena de casitas y chozas. Mientras mi padre llevaba la audiencia entre gritos, reclamos y las amenazas de los hombres del terrateniente, yo miraba y recorría el pueblo. Niños flacos y descalzos que crecían en la pobreza, mujeres trabajando la chacra mientras cargaban a sus guaguas en la espalda, hombres acarreando las cosechas y pastando animales. Un lugar sin servicios básicos, sin agua potable, sin electricidad, sin un hospital, sin escuela. Los niños y jóvenes debían caminar más de una hora para ir a una escuela en Zumbahua. Me acerqué a un grupo de niños que se habían sentado a un lado de la casa comunal, que no era más que un cuarto de adobe. Desde ahí, observaban lo que sucedía. Les ofrecí caramelos y galletas. Los tomaron sin decir nada y con apenas una mueca que simulaba una sonrisa. Sus ojos, como lagunas cristalinas, se abrían con asombro al verme extender mis fundas de golosinas. Tímidamente y muy pocos tomaron de ella, mientras otros no se atrevían. Sus diminutos rostros de mejillas quemadas por el viento y el sol, se hinchaban a cada mordisco. 



Me senté junto a ellos y en silencio comimos lo que quedaba. No hablaban mi lengua y yo no hablaba la suya. Apenas unas palabras en un castellano antiguo, mezclado con quechua: “dioslepay, suca” decían con sus bocas bien abiertas. Luego jugamos y reímos y nos comunicamos con el único lenguaje que no necesita palabras: la inocencia. Entre salto y salto, en mi corazón les prometía que volvería con zapatos, con ropa, con juguetes, con cuadernos, lápices y comida. Repentinamente, escuché la voz de mi padre llamándome; se había terminado la audiencia. Nos invitaron a comer en una de las casitas en las que hervían ollas sobre un fogón de leña. Nos sentamos en bancas arropados de palabras y gestos de gratitud para con mi padre. En la mesa había todo lo que regalaba la tierra: habas, choclos, papas, queso, una sopa de gallina y chicha. Recuerdo bien a las mujeres que cocinaban y pasaban la comida con tanta alegría para los comensales: los líderes de la comunidad, nosotros y un cura joven que hoy pienso que era un luchador, quizá un seguidor de la teología de la liberación. Mi padre sentado en la cabecera de la mesa, les prometió que conservarían sus tierras.



Regresamos a casa muy agradecidos y yo me dormí apenas iniciamos el viaje. Adelante iba mi padre al volante y a su lado su secretario. Mi padre y yo nos marchamos de ahí, cada uno con una promesa La suya, para impedir que el abusivo terrateniente se robara sus tierras. Y lo cumplió, como lo hizo siempre, porque mi padre defendió la justicia y la libertad de cientos de indígenas: así como también lo hizo con gente blanca, rica, poderosa quizá, porque la justicia es para todos, nos decía. Lo recuerdo bien, por su oficina pasaron presidentes, ministros, banqueros, hacendados, empresarios, y todos quienes veían en el a un abogado brillante y honesto, sobre todo honesto. Pero también fue perseguido y amenazado. A la mitad, a sus clientes pobres, nunca le cobró por sus servicios; a otros lo hizo a medida de sus recursos. Mi madre habría de reclamar de vez en cuando y le decía que no fuera tan generoso, que era el único abogado de la ciudad que lo hacía. Mi padre solo sonreía y mi madre comprendía. 



Cuando llegamos a la casa, ya muy tarde, le conté a mi madre todo lo que había sucedido en él páramo y le pedí que me ayudara a pensar en una forma de conseguir todo aquello que les había prometido a esos niños. Me llevó un año hacerlo. Fui casa por casa en los barrios pidiendo donaciones. Hice rifas, vendí dulces y muchas cosas más. Un año después volví a la comunidad con mis padres y dos amigas, cargados de todo lo que podrían necesitar. Fue un día lluvioso, pero feliz. Pero al volver, en el camino de regreso, sentí una profunda tristeza porque entendí que eso que hicimos no era suficiente, que mañana tendrían nuevamente muchas necesidades. Mis padres me explicaron cómo funcionaba nuestro mundo de clases sociales tan marcadas. Me explicaron la historia de la colonización y el lugar que no tenían los pueblos indígenas desde hace siglos. Poco a poco, esa tristeza se transformó en mi bandera con la que he atravesado el tiempo. De la tristeza pase a la indignación y de ahí a los estudios y el activismo. 



Ya en el colegio viví la primera huelga, ahí mismo en las aulas y los patios, luego de que la directora nos prohibiera formar el consejo estudiantil. Se desató una persecución de sus inspectoras para arrancarnos las hojas con las firmas que recogiamos en los recreos. Para ese entonces yo estaba en cuarto año, y era la presidenta de la clase. En un llamado me uní a las demás presidentas para tomarnos el colegio y lo hicimos por casi tres días. El director de educación nos escuchó y al vernos tan decididas, nos dio un nuevo director: a nuestro maravilloso profesor de filosofía. Es así como descubrí el poder de la unidad y la resistencia. Más tarde, ya fuera de la vida de colegio, me unía a las protestas en las calles en cada gobierno, porque todo gobierno de una u otra forma ha ejercido el poder en contra de la gente, del pueblo, de los que menos tienen, y entre ellos los pueblos indígenas y afro descendientes. No recuerdo haber sentido tanta solidaridad y humanidad como en esas protestas. No éramos individuos marchando, éramos un solo cuerpo indivisible contra la represión y la violencia estatal. Más tarde, en EE. UU. mi activismo ha sido y es por los derechos de los inmigrantes, por la violencia de género,  por los derechos de los jóvenes abandonados por sus familias y el estado. 



Vivo entre Ecuador y EE. UU. y jamás me he alejado de los problemas sociales de mi país, porque la lucha por la justicia, por nuestros derechos, no es exclusivo de un solo lugar, es global. Hoy, no podemos dejar solos a nuestros hermanos indígenas, mestizos, afroecuatorianos, porque son ellos quienes cuidan la naturaleza, nos alimentan, y su lucha es para todos. El paro no tiene solamente una causa, son muchas causas. En Ecuador, el estado ha abandonado a la sociedad en todos los planos del diario vivir. No existe una causa común, un proyecto conjunto para construir una sociedad justa y pacífica. El único objetivo de este gobierno es entregar todos los recursos que tenemos: petróleo y minería a las grandes corporaciones; despojar a los pueblos de sus tierras y empobrecer al país. 



Hace algunos años, decidí hacerme la prueba genética del ADN. Quería saber mis orígenes más allá de lo sabido. Quería confirmar que mis raíces no estaban solo en una lejana Europa. quería sentirme más cerca de mi pueblo, de mis páramos, de los sanjuanitos y de las fiestas de pueblo; de mis vecinos, de las vivanderas; sentirme parte de todo aquello que la mayoría rechaza con ignorancia. Y un día de enero llegó el resultado: tenía sangre nativo-americana. Sentí orgullo y alegría. Esto me recordó y aun lo hago, los dias durante mi último año de colegio, cuando decidí hacer mi tesis de grado sobre la vida de Galo Plaza Lasso después de visitar Zuleta. Quería saber quién era ese hombre que fue presidente de la república, entre otros altos cargos; un hombre blanco y rico, pero que había transformado la hacienda que heredó en un espacio diferente. Ahí, las mujeres de Zuleta llevaban y llevan sus preciosos bordados para venderlos a un precio justo. Ahí formaron cooperativas, ahí crecieron como comunidad. Entendí que ese espacio era un ejemplo de que la gente “bien y de bien” podía convivir con los pueblos indígenas en armonía.



Se lo conté a mis padres y para mi sorpresa, mi padre conocía a Galo Plaza Lasso. Años atrás mi padre había sido su abogado y asesor legal y guardaban una sincera amistad. Así que lo llamó y en pocos días yo estaba, nada menos, con Galo Plaza en su hermosa casa de la Avenida 6 de Diciembre y Wilson. Me invitó a su estudio privado lleno de libros y fotos, en donde hablamos por horas mientras grababa las conversaciones en mi pequeña casetera. En cada visita, fui cuatro veces a su casa, siempre me recibió con cariño y generosidad. No le importaba el tiempo que me tomara hacerle preguntas, porque él disfrutaba respondiéndolas y contándome muchas de sus experiencias desde que era un niño. Y en un momento, entre el café y las humitas que nos traía la “Nana”, surgió la pregunta sobre Zuleta. No recuerdo sus palabras exactas y en las mudanzas perdí mis casetes; pero recuerdo que dijo algo así: “si no se gobierna para todos, si ignoramos a los otros, nunca creceremos como país y nunca viviremos en paz”. Luego sacó un libro de los miles que reposaban en su biblioteca y me lo mostró. Era un libro sobre la genealogía de las familias más importantes en la vida política, social y económica del Ecuador desde antes de su fundación: éramos un país mestizo. Quizá ese fue el último día que lo visité. Galo Plaza falleció tres años después.

Mi tesis de grado se la dediqué a él, a las mujeres de Zuleta y a mis padres.


Betty Aguirre S.

Octubre, 2025





Comentarios

Entradas populares de este blog

Amour

                                                                                A ti, que me hiciste la vida de cuadritos y que yo los enmarqué. I La penetra una y otra vez con la fuerza de una tormenta que azota puertas. La asfixia y golpea su pecho. Horas de embate para retirar toda huella de otro hombre. Ella mira el tumbado y dibuja una mueca: las huellas están bien guardadas.. en otro lugar.  II Le trae rosas y chocolates. Ella los recibe esperanzada. Más tarde, luego del coito y el whisky, él la observa, pero ella no suspira, no lo abraza. Destroza el ramo y le clava los ojos con espinas, y le llena la boca con papel brillante.  III El examen médico dice que será una niña. Ella pinta el cuarto de rosa y amarillo y compra vestidos de punto abeja. Busca e...

"Las bacantes" se toman los patios del Victoria Vazconez Cuvi.

  Las bacantes se toman los patios del Victoria Vazconez Cuvi. Crónica de un tiempo en mi colegio, ya desaparecido.   Acto I La tragedia de Eurípides: las bacantes. Dionisio regresa a Tebas. No vuelve como dios coronado, sino como extranjero. Trae consigo el vino, el éxtasis, la música y esa peligrosa promesa que el poder siempre teme: la libertad interior. Penteo, joven rey de orden férreo y mirada vertical, lo rechaza. No reconoce su divinidad. Para él, Dionisio no es un dios sino una amenaza: desestabiliza, convoca, despierta. Su culto reúne a las mujeres de Tebas, que abandonan los telares y el encierro doméstico para subir al monte Citerón. Allí cantan. Allí danzan. Allí respiran. Penteo no escucha. No pregunta. No dialoga. Prohíbe. Pero el deseo de libertad, cuando ha sido pronunciado, ya no retrocede. Dionisio lo persuade de espiar a las bacantes. Lo disfraza de mujer. El rey acepta, creyéndose estratega cuando en realidad ya es víctima. En el monte, en medio del tranc...