Su madre siempre le dijo que su hermano era el mejor en eso del tiro al
blanco. Después de la escuela se dirigía a campo abierto y practicaba con su
rifle, disparando a las latas de Coke y Red Bull. Una vez perfeccionado su arte, la esperó en el comedor muy elegante y perfumado. El tiro fue perfecto! Justo
ahí en la mitad de la frente, en donde alguna vez le depositaba los besos.
Taitas y mamas: ellos y nosotros. Crecer en el racismo. Mi infancia transcurrió entre el asombro del mundo y las mil preguntas. Entre ellas, ¿Por qué otros niños y niñas no tenían lo que yo tengo?, ¿Por qué hay niños sin zapatos y llevan ropa vieja?, ¿Por qué hay niños sirvientes? ¿Por qué les llaman indios, longos? Poco a poco me fui dando cuenta de que esos niños tenían otro color de piel, eran morenos o negros. Eran pobres. Ellos eran otros. Miro las fotos de la familia y ninguna de las empleadas que tuvimos, todas indígenas o mestizas, están en ellas; a excepción de una: Luzmila, quien fue nuestra niñera cuando apenas empezábamos a hablar y a caminar. En la imagen, ella muy jovencita, me carga en uno de sus brazos y con la otra mano abraza a mi hermano. No hay rastro fotográfico de la Miche, de la Digna, de la Filomena, de la Rosita, de tantas otras. Pero en mis recuerdos si lo están en el olor a yerbas dulces, a jardín, a canción de cuna, a trenzas, a chalina y pollera. Ellas fuer...

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