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La Semana Santa era más que un plato de fanesca.

                                         La Semana Santa era más que un plato de fanesca.

 


Mi papá tenía un amigo fotógrafo, Don Segundo Granja. Su estudio fotográfico quedaba frente al parque Vicente León, en la calle Sánchez de Orellana, en Latacunga. Don Segundo o don Segundito, como lo llamábamos, nos había adoptado como parte de su familia. Nos llamaba “mis cuencanitos” y a él y a su alegría y generosidad le debo mi reinado en el María Montessori. Mi madre dice que compró la mitad de los votos de la elección. Para mí era como un abuelo que siempre tenía una sonrisa, un dulce y un cariñoso abrazo. No recuerdo si era alto, pero lo recuerdo como un hombre grande y ancho que cuando me abrazaba sentía que el mundo entero lo hacía.

 

Siempre nos invitaba a su casa a celebrar algún acontecimiento, que lo hacía con generosos almuerzos, seguidos de largas sobremesas hasta llegar al café de la tarde, luego la merienda y luego el baile. Mientras los adultos no se despegaban de esa mesa fabulosa como un árbol que nos alimentaba por horas, los pequeños jugábamos. Éramos una flota de niños liderados por una bella y casi adolescente niña que yo admiraba, Rosita. Al llamado de la abuela, volvíamos a la mesa cada vez que iniciaba otro ritual de alimentos, como él café con panes recién horneados, mermelada casera, quesos y algún postre. Luego venía la merienda, copiosa comida que había que digerirla al ritmo de cumbias y zapateados hasta la madrugada mientras los niños dormíamos ya agotados en los sofás y sillones de la sala. Un paso doble cerraba la fiesta y luego de abrazos y agradecimientos nos marchábamos a casa que quedaba a pocas cuadras.

 

Pero ninguna otra celebración era tan magnífica en esa casa como la de Semana Santa, y la invitación de don Segundo a degustar la pomposa fanesca. El escritor Julio Pazos la llamó “un plato barroco” y exclusivo de Ecuador, y tuvo razón. La fanesca tiene todo y nació bajo la influencia de los eventos sociales, políticos y religiosos de Ecuador a través de los siglos; un encuentro de lo indígena con lo español, y un motivo de orgullo para familias enteras. He de confesar que llegado el día, aunque iba feliz por la calle que nos llevaba de nuestra casa en la Rumiñahui a la de los Granja en Las Hermanas Páez, la imagen del bacalao seco, flotando o buceando en los granos como un muerto llevado en andas, me descomponía. Le pedía a mi madre que por favor se lo comiera ella o se lo diera a uno de los perros que lograba colarse bajo la mesa. Una herejía la mía. Cuando llegábamos a la casa de los Granja, aun las mujeres corrían ajetreadas por la cocina al rededor del gran mesón sobre el que se mezclaban las cáscaras de sambo y de zapallo ya vaciados, papas y sus pieles, hojas de choclo, granos, vainas, ajíes enteros y en tiras, ramas de cilantro y fuentes y fuentes de bolitas y empanadas, de huevos, de quesos; asi como botellones de dulce de higos y durazno. Seguro que esta imagen podría haber inspirado un magnífico cuadro, un “still alive” como los de Caravaggio. Don Segundito nos recibía en la sala rodeado de su familia y unos charoles de buen whisky para animar la reunión mientras se cocían las grandes ollas de fanesca. Pienso que más allá de la amistad, lo que unía a don Segundo y a mi padre era su gusto por los buenos licores. Mi padre siempre le llevaba un par de botellas de buen escocés. A los niños nos daban un vaso de cola que ellos almacenaban y distribuían en la ciudad. Los Granja eran una familia unida que disfrutaba de la vida, así los recuerdo. Eran gente buena, trabajadora y honesta. Amelita, una de las hijas de don Segundo fue mi maestra del jardín de infantes. Siempre gentil y elegante, fue una tía para nosotros.

 

A las 12 en punto, la voz de doña Charito llamaba a reunirnos en él comedor para degustar un desfile de platos que empezaba con el molo, ese puré de papa con aroma a hogar, recostado sobre una fresca hoja de lechuga y coronado con queso, tiras de pimiento y unas ramitas de cilantro. Don Segundo era un sibarita y sabía que esta abundante comida necesitaba de pausas, así que después de cada plato él contaba alguna larga historia para divertirnos. Llegado el momento más esperado entraba al comedor la pomposa fanesca que venía segura en manos de las mujeres que la habían preparado. Una por una eran depositadas en cada lugar. Olorosa, humeante, elegante, rica en los frutos del mar y de la tierra, la fanesca llenaba los hermosos platos de porcelana, importados de algún lugar lejano. Sobre ella flotaban, como una tiara fina, empanaditas, huevo, cilantro y bolitas de masa. A los niños, media porción. La conversación, cualquiera que ella fuera, se detenía de inmediato para dar paso a este sagrado ritual en que se devoraba suavemente cada bocado. Solamente se escuchaban los sonidos al masticar y los suspiros de placer acompañados de uno que otro “que delicia”.

 

Entonces otra historia de don Segundo nos entretenía, una no muy larga, que anticipaba la repetición del barroco plato. Recuerdo a mi madre que siempre pedía que le pongan “solo un poquito”. Oídos sordos ya que la misma generosa porción regresaba casi desbordando los bellos platos. A los niños nos perdonaban la repetición, aunque el nieto mayor, si se la repetía. Era alto y ancho, ya adolescente casi, y supongo que ya había entrado en esa etapa de comer desesperadamente. Y nuevamente el silencio y solo los suaves sonidos al masticar, sorber, degustar y finalmente un largo “ahhh” de satisfacción, acompañado de las gracias y felicitaciones a don Segundo y a doña Charito por tan deliciosa fanesca. A ello le seguía mas historia de don Segundo y una que otra de mi padre, que también era un gran contador de historias, todo ello mientras degustaban de un bajativo, generalmente un anisado.

 

Y finalmente, y para mi felicidad llegaban los alegres postres. Este momento lo recuerdo como un desfilar de pequeños platitos que se iban depositando de tres en tres: los blnaquinegros dulce de higos con queso, el castizo arroz con leche y los delicados duraznos en miel. Era este sin duda un momento de algarabía, de felicidad total. Y al poco tiempo llegaba el tinto (café) en pequeñas tazas que se entregaban a pedido. Y para los que no lo querían una agüita de menta o yerba-luisa. Seguramente habíamos pasado horas reunidos sobre esa larga mesa que presidía don Segundo y quien sentaba a mi papá, a Carlitos, a su derecha, su cómplice y amigo, quien encontró en ese hombre a un padre, a un ser generoso, sabio y humilde que nos había abierto un lugar en su casa y en su corazón.

 

Que no daría por volver a ese momento de la infancia de tanta riqueza, de tanto amor, que me otorgaba refugio de esos dias de largo rezos y silencios, de penitencias y duelos. Gracias a don Segundo mi Semana Santa fue mucho mas que un plato de fanesca.

 

 


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