“Por nuestros niños hasta la vida”. Vivir y crecer con injusticia, prejuicios y desapariciones.
Santiago, Andrés, Josué, Ismael, Saúl y Steven
Don Pedro Restrepo acaba de morir. Una querida amiga me dice que falleció al enterarse que cuatro niños de entre 11 y 15 años habían desaparecido en manos de militares de las FF AA. Quizá don Pedro no lo soportó; o quizá el irse, precisamente ahora, fue su último acto de protesta. Fueron cuatro niños afro ecuatorianos, del barrio Las Malvinas de Guayaquil. Niños de familias pobres que iban a la escuela, al catecismo, que jugaban al fútbol, que tenían sueños. Desaparecieron el 8 de diciembre del 2024. Su desaparición me recordó, inmediatamente, la de los hijos de don Pedro Restrepo, Santiago y Andrés, un 8 de enero de 1988 en Quito, en manos de la policía nacional. Mi amiga me dice que la muerte de don Pedro es una muerte providencial y yo pienso que así es; creo que su muerte guiará este caso para que la desaparición de los cuatro niños de Las Malvinas no sea una más y podamos tenerlos de vuelta. Creo, además, que la muerte de Don Pedro nos iluminará y removerá de muchas formas el peso del tiempo, el olvido de un caso que cambió al Ecuador y que debe ser recordado siempre. Su lucha de casi 40 años nos mostró el valor de la protesta, nos enseñó lo que es el coraje, la persistencia y el amor. Y aprendimos un término que desde entonces deambula en nuestras conciencias: los derechos humanos.
Los años ochenta fueron años grises. La mayoría de ecuatorianos éramos relativamente pobres. Había muy poco trabajo, muy poco futuro, como hoy. Si eras de provincia tenías que mudarte a la capital o a una de las ciudades principales para seguir los estudios o encontrar trabajo. 1984 fue el año de mi graduación del colegio y el año en que León Febres Cordero ganó la presidencia. Mi ciudad estaba dividida en dos bandos: los que apoyaban a Rodrigo Borja y los que apoyaban a Febres Cordero. Mis padres, como la mayoría de vecinos y amigos apoyaban al segundo; veían en él una esperanza para sacar al país de la pobreza. Yo no apoyaba ni al uno ni al otro. Muy pequeña había aprendido que no importaba quien estuviera en el poder, pues los de abajo serían siempre los de abajo. Crecí en una provincia indígena de amos y patrones, de segregación y privilegios. Los indígenas eran los más pobres, los que andaban muchas veces descalzos, los que cargaban las compras y costales de productos en los mercados, los que limpiaban nuestras casas, los que nos cuidaban y servían. En mi escuela, las “niñas bien” nos sentábamos al frente y las indígenas atrás. Las monjas maltrataban física y verbalmente a las niñas indígenas. Cuando pasaban a la pizarra y no podían resolver un problema de matemáticas las tomaban de sus cabellos y golpeaban sus cabezas contra esa misma pizarra. Vi narices sangrar. También las ortigaban o, las llevaban para que limpiaran los baños. A las “niñas bien” que no nos portábamos debidamente, nos encerraban en una oscura bodega bajo el escenario del teatro, o mandaban a llamar a nuestros padres. Me preguntaba por qué las despreciaban, por qué en los mercados los tuteábamos y ellos nos hablaban de usted. Por qué las empleadas, mujeres indígenas también, nos trataban de "niños". Todo aquello me dolía de una manera inexplicable, pero no tenía ni las palabras y tampoco con quien hablarlo, ya que de ello no se hablaba. Así era el Mundo.
Aunque, quizá, nunca se los dije, mis padres despertaron, muy tempranamente, una luz en mi conciencia: mi madre fue maestra de niñas y la mayoría fueron indígenas. Su escuela estaba en el limite de la ciudad y el campo. Sus alumnas la querían porque ella transformaba el espacio de su salón en un espacio plural. Mi madre siempre supo el valor de la educación y lo impartía con devoción a todas, sin importar su condición social. Por otro lado, mi padre fue uno de los pocos abogados de mi ciudad que nunca se volvió rico, aunque mi madre, a veces, le recriminara que cobrase sus honorarios. El doctorcito, conocido por su honradez y su brillante manejo de la ley, fue abogado de mucha gente importante, pero también era el abogado de los pobres, de los indígenas, de quienes sin dinero no podían acceder a esa fortaleza impenetrable que es la Justicia. Como sus clientes no tenían recursos para pagar sus honorarios, le llevaban regalos: huevos, gallinas, fruta, papas, un borreguito, unos cuyes, capulies, etc. Nuestra casa parecía una bodega en la que mi madre meticulosamente distribuía esos productos en el barrio y a los necesitados.
Pero en mi escuela, el mundo era diferente. Las marcadas desigualdades me repugnaban y me volví rebelde: no hacía las tareas y me deshacía de mis cuadernos, pero además, le tenía miedo a las monjas. Mi refugio fueron las blancas habitaciones de la madre Belén, una pequeñita y bondadosa anciana, que hacía hostias para las iglesias. Ahí me escondía cada vez que me metía en problemas o cuando no quería ir a clase. Me dejaba quedarme y me ponía a cortar hostias mientras leía la Biblia y me hablaba del amor. Un día, en cuarto o quinto grado, cuando mi padre me regaló la Isla del Tesoro, descubrí que podía escapar de todo aquello en la lectura. Empecé a llevar mis libros para leerlos después de cortar las hostias y la madre Belén me dejaba quedarme y leer mientras ella salía con su pequeño carrito a vender chucherías a las alumnas.
Casi a diario, le pedía a mi madre que me llevara a otra escuela, a la suya, pero las monjas se habían encargado de convencerlos que yo era una niña traviesa que necesitaba de su disciplina y que ellas tenían la mejor educación para mí. Cuando pasé a la escuela secundaria, a pocos metros de la primaria en el mismo edificio, decidí que quería irme de ahí y que lo haría sin importar cómo. Así que un día un primo rebelde de melena larga llegó en su moto para iluminar mi deseo de huir. En una sola tarde me mostró la belleza del rock and roll y comprendí que aquellas canciones eran himnos de libertad, de anarquía y rebeldía. Yo tenía 13 años.
Casi al final de segundo curso, y luego de una casi expulsión, me pasaron a un colegio público donde, finalmente, encontré mi lugar. El ambiente era otro, mis profesores, la mayoría, se convirtieron en mis reales maestros. Gracias a ellos, a su amor por la educación, descubrí la filosofía, la historia, la literatura, la poesía, el teatro. Era libre y feliz e hice lo que nunca antes: estudiar. Crecí y descubrí otros mundos, otras realidades, sobre todo en el campo a donde iba constantemente. Hasta que en quinto año aprendí la frase “la unión hace la fuerza” cuando las estudiantes nos tomamos el colegio; exigiamos la salida de la rectora que se oponía violentamente a que formáramos el concejo estudiantil. Recuerdo que nos puso como condición que si teníamos las firmas de todas las estudiantes, nos permitiría hacerlo. Así que en los recreos salíamos las presidentas y vicepresidentas de los cursos a recolectar firmas. Las inspectoras sabuesos, fieles a la rectora, nos descubrieron y a golpes y empujones nos quitaron muchas firmas. Pero no decaímos y continuamos reuniéndonos clandestinamente para discutir como podríamos lograrlo. Una tarde, después de varias deliberaciones, decidimos que lo mejor era ir a la huelga y tomarnos el colegio. Hoy me pregunto de quién fue la idea, pero no puedo recordarlo. Por dos días, retuvimos a la rectora hasta que nos atendiera el director de educación y aprobara nuestras demandas. Ese sentimiento de unidad nunca lo he olvidado. Fue una lucha por la justicia en ese pequeño mundo de jovencitas.
Recuerdo a mi profesor de filosofía, quien luego de la toma fue elegido rector, y a mi profesora de literatura, mi gran maestra de siempre, pidiéndonos que fuéramos inteligentes y que pase lo que pase fuéramos valientes. En resumen, fueron cinco años maravillosos de aprendizaje, de amistades, de alegrías que fundamentaron mi sentido de la justicia y de la lucha social. Me gradué y seguí mi camino.
En un día gris de 1984, mientras yo me despedía de mi colegio y de mi ciudad, el país esperaba los resultados de las elecciones. Finalmente, la televisión lo anunció: Leon Febres Cordero subía al poder. Mucha gente estaba feliz; la imagen del caudillo con su melena de león que esparcía destellos plateados por doquier, enamoraba a los ecuatorianos ( no a todos). Hasta que poco a poco ese león empezó a rugir, a usar sus garras y colmillos. Venía con instrucciones especificas de "combatir a los narcos y al terrorismo y limpiar al país de la delincuencia", pero no de crear justicia social o progreso. Para ello, en 1985, creó el SIC-10, “los escuadrones volantes”, un grupo policial al margen de la ley y con apoyo de la DEA. Empecé a escuchar de ellos, de que andaban en camionetas azules, encapuchados, que hacían redadas, que desaparecían a la gente, que maltrataban a los chicos que llevaban el pelo largo. Mis padres me alertaban que me cuidara. Años después, en el 2010, la Comisión de la Verdad certificó la existencia de esta élite del terror que había llevado a cabo, 32 ejecuciones extra judiciales, 12 atentados, 9 desapariciones forzadas, 214 privaciones ilegales de la libertad, 275 víctimas de tortura y 72 casos de abuso sexual.
Mi padre, que en ese entonces era juez, recibía constantes llamadas de otros padres pidiendo ayuda, ya que sus hijos habían sido retenidos o encarcelados por “parecer” narcos, terroristas o hippies. Varias veces vi cómo se llevaban a jóvenes amigos o conocidos y yo también pedía ayuda a mi padre. Poco se podía hacer. La mayoría de personas detenidas eran gente pobre, mestiza, indígena, colombiana o negra. Se corrió la voz de que teníamos que tener siempre nuestras cédulas de identidad y no andar solos. En las discotecas o en fiestas, los escuadrones irrumpían y se llevaban a muchos. Se decía que en los barrios populares era aún peor. Varias veces me escondí y otras me pidieron identificación. En la noche o la madrugada, los veíamos pasar, y con miedo, con terror a ser detenidos, corríamos a escondernos.
En ese año, un evento empeoró las cosas: el banquero Nahim Isaias Barquet había sido secuestrado por el grupo subversivo Alfaro Vive Carajo. Casi un mes después, Isaias murió durante la intervención de la Unidad Antiterrorista por orden directa de Febres-Cordero. La mitad de la población admiró el coraje de León al sacrificar a su amigo por la paz del país. La otra mitad se indignó. Luego vino más violencia, mas corrupción y mas violencia. Y en 1987, se dio el Cuartelazo de Taura y la retención de Febres Cordero por comandos oficiales de la FAE, leales al general Vargas Pazzos, que pedían su liberación. La Base de Taura, es ese misma donde a inicios de este diciembre, 16 miembros de las FF AA llevaron y desaparecieron a los cuatro niños de Las Malvinas: Josué, Ismael, Saúl y Steven.
En los años ochenta, las desapariciones, como lo es hoy, eran cosa de todos los días. Una mañana de enero de 1988, dos jovencitos colombianos fueron detenidos en Quito por la policía nacional (SIC-10). Eran Santiago y Andres Restrepo Arizmendi, de 17 y 14 años. Se los llevaron por ser "colombianos" sospechosos, porque a los colombianos se los asociaba con el narcotráfico y el terrorismo. Recuerdo que era sábado y estaba en el dormitorio de mis padres viendo las noticias con ellos. Era la primera vez que escuchaba del caso. Mis padres y yo nos quedamos en silencio y al final mi padre solo movió la cabeza y dijo: esos chicos ya no están. Durante semanas, meses y años el Ecuador vivió esta tragedia a través de la pantalla y en los periódicos. Lo primero que se hizo, a través de una intensa campaña, fue tratar de ensuciar la imagen de Santiago y Andrés y la de sus padres. Se dijo de todo, que eran narcos, que eran subversivos, que los padres se los habían llevado a Colombia, que huyeron de la policía, etc. Y fue el mismo gobierno el encargado de regar esas mentiras. Un personaje oscuro que salió en televisión a decir varias de esas falsedades fue la teniente Morán, quien a los cinco días de la desaparición llegó a la casa de los Restrepo con su madre. Ellas, un par de buitres, bajo órdenes superiores mantuvieron engañados a Pedro y a Luz Elena por un año. Los visitaban casi a diario, les daban falsas expectativas, les mentían, les herían. Morán, con otros miembros de la policía, estuvo presente durante el asesinato de Santiago y Andrés. Mientras tanto, Pedro y Luz Elena luchaban en las calles, en la Plaza Grande frente al poder. Los echaban y ellos volvían con mas fuerza. Indignada como tantos, salí varias veces con amigos a protestar para apoyar su lucha. Como ellos, también recibíamos golpes y gas, pero no nos amedrentaban. Don Pedro y Luz Elena, madre coraje, sostenían la lucha. Su valor y amor a sus hijos era una luz para tantos jóvenes en esos días y se convirtieron en nuestros héroes. Los admirábamos, pero también llorábamos con ellos cuando veíamos su dolor y su indignación en sus rostros. Los queríamos proteger, temíamos que los chapas los desaparecieran a ellos también.
Laguna de Yambo - 1995 (F: Nena Salazar)Santiago y Andrés, el Nené, nunca volvieron. Los habían asesinado y lo supimos por el agente Hugo España, el único valiente de todo ese chaperío de cobardes, quien dijo la verdad y a quien luego trataron de matar. El SIC-10 los detuvo, los torturó y asesinó en el CDP. Como lo relató el mismo Hugo España, él vio todo y además estuvo cuando la DEA les entregó las dos fundas para que llevaran los cadáveres de los chicos y los arrojaran en la laguna de Yambo. El caso duró 12 años y en 2010 se reabrió nuevamente. Entre tanto, Luz Elena falleció en un accidente de tránsito y Maria Fernanda su hija junto a Don Pedro, tomó la posta en la lucha por sus hermanos y llevó a la pantalla su documental Con mi corazón en Yambo. Don Pedro, salió cada miércoles durante todos estos años a protestar en la Plaza Grande. Vestido de blanco y con su sombrero, que lo resguardaba del asfixiante sol quiteño, agitaba su bandera blanca con los rostros de sus hijos. Cada miércoles estuvo ahí hasta que su cuerpo se lo permitió.
Sal y Mileto en Yambo - 1995 (F: Nena Salazar)Hoy, mucho de lo vivido se repite con los cuatro niños de Las Malvinas. Hay una campaña en las redes por ensuciar su imagen. Campaña ejercida por troles que encuentran eco en la gente que no reflexiona, que no hace memoria y enceguecida por prejuicios. Cómo no van a creer semejantes mentiras si las víctimas son cuatro niños negros y pobres.
Me pregunto si esas personas que apoyan estas infames campañas pensarían igual si fueran cuatro niños blancos de un barrio como Samborondón en Guayaquil, quienes fueron desaparecidos por militares. Es algo difícil de imaginar y quizá nunca suceda.
Cuando era muy pequeña, entre muchos de los paseos con mis padres, fuimos a acampar en Yambo. Una mujer que estaba por ahí pastando sus borregos y vacas nos contó una historia. Dijo que en las noches se escuchaban los gritos de gente que había caído a la laguna desde un tren. Que en esa laguna hubo muchos muertos, dijo. Nunca olvidé esa historia; no sé si fue por la forma en que la mujer lo contó, o porque fue una premonición. Nunca volví a esa laguna que siempre me pareció triste y lúgubre. Hoy me pregunto, dónde están los cuatro niños de Las Malvinas. Si los asesinaron, en dónde están sus cuerpos. ¿En una laguna? ¿En un río? Y en esta espera porque aparezcan tengo una sola respuesta, un eco… la lucha es “por nuestros niños hasta la vida ”.
Betty Aguirre-Segura




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