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La Santísima Tragedia: la fiesta de la Mama Negra de una niña de zapatos azules.

 La Santísima Tragedia: la fiesta de la Mama Negra de una niña de zapatos azules.

                             A mi hermano                                                     

Es una soleada mañana de un 24 de septiembre ecuatorial y llevo mis zapatos azules de charol. Deslizo mi mano de la mano de mi abuela y me pierdo entre la gente. En este estridente, colorido y caótico universo me siento libre y segura; la blanca cúpula de la iglesia es mi brújula. Quiero ver al Ángel de la Estrella, una niña de grandes alas e infinitos rizos subida en un caballo tan blanco como su vestido. La escucho loar a la Virgen de la  Merced en una larguísima filigrana de palabras. Los disparos inauguran la fiesta y la banda de músicos uniformados inician el desfile. Miro alrededor y corro calle arriba. Me encuentro con hileras de pájaros gigantes que danzan con movimientos ondulantes. Los niños y sus madres gritan: ¡Los curiquingues, vienen los curiquingues! Retrocedo y miro sus largos cuellos pasar. Quisiera seguirlos y repetir con ellos esa danza de giros y aleteos.


Un latigazo en las piernas me saca del éxtasis. Una "carishina" abre paso con su látigo. Descubro, por sus piernas velludas y una barba creciente, que es un hombre. La gente la aplaude y ella con su boca carmesí brillante y su abundante cabellera falsa, baila y ríe a carcajadas y en un acto travieso se levanta el vestido. Tras ella y ya lejos de su látigo cruzo la calle y subo por el barandal de una ventana. Desde ahí veo a la Mama Negra avanzar lentamente en su gordo y espléndido caballo negro. Su humanidad casi aplasta al animal y su traje, de sedas y lentejuelas iluminado por el sol, suelta destellos fabulosos. Intento colocarme muy cerca para recibir el "champús" que lanzará con su chisguete y ver a su guagua, Manuelita Baltazara, que baila en su otra mano. Atrás, en el lomo del caballo, van colocados en alforjas grandes de cuero sus dos hijos pequeños. Miro el rostro de la Mama Negra, una máscara de madera con una permanente expresión de alegría. 


Bajo por la baranda e intento seguirla, guiada por un "ashanguero" que me protege de la comparsa de cholas y cholos que bailan desenfrenadamente, y repentinamente siento la mano de mi abuela que me alcanza y avanzamos entre la multitud que bebe y baila. Vamos dejando atrás el desfile y nos detenemos por unas espumillas. Pero mi hermano y yo vemos en la distancia pasar a los "urcuyayas", esos gigantes de musgo, los taitas del páramo, que bailan con las piernas arqueadas un lento sanjuanito. Le pedimos a la abuela volver al desfile. Haciéndonos lugar entre la gente, podemos casi tocar a los gigantes que llevan en sus manos unos cuernos de venado. Atrás de ellos vienen los "huacos", los brujos blancos que al ver a mi abuela la sacan  a mitad de calle para darle una buena limpia, “Oh, oh, oh, Cotopaxi, Chimborazo, Carihuairazo, saca de este cuerpo, la enfermedad, la desdicha, el sufrimiento”, cantan y bailan en ronda, mientras un taita de poncho y zamarro le sopla trago santo en la cara y el cuerpo. Mi hermano y yo reímos a carcajadas  mientras nuestra hermosa abuela es liberada y regresa a nosotros en una imagen que durará una eternidad.

Betty Aguirre S. (Cartas a Casa 2016, Entremares Magazine)








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